Reflexión 2

Lo necesito. Necesito gritarlo con la fuerza de aquello que llaman espíritu. Dejarlo que brote, que arda, que salga de mi cuerpo. Que duela hasta que sienta que me estalla el corazón. Necesito extirparlo de raíz. Paladearlo por última vez, con las ansias en bruto. Con la entrega y la conciencia en total plenitud. Hacer que beba del veneno que me brota de la entrepierna. Y después matarlo, desgarrarlo. Extraer toda su sangre, arrancar su piel. Dejarlo vacío igual que él me dejó a mí.

Reflexión 1

Temo y me repulsa la naturaleza del cuerpo, su inevitable condición de envejecer.
Los surcos en la piel, la nubosidad en la mirada. La facilidad con que se quiebra la memoria.

La conciencia que de repente se vuelve hilarante y se entrega a su cómico monólogo.
La torpeza del reflejo y la constante vacilación para tomar simples decisiones.

Me repulsa ese sentimiento de aferrarse a la vida, viviendo a un paso de la muerte.

La invasión

ojo

De repente sintió un picor cerca del lagrimal del ojo izquierdo. Se acercó al retrovisor de un automóvil que tenía cerca y se percató que no había ningún cuerpo extraño dentro, pero sí una coloración roja en las finas venas.

Lo talló con ímpetu al notar un leve cosquilleo en los bordes. Llegó agotado a casa, se puso la pijama y se fue a dormir sin dar un último vistazo.

Pasaron un par de días y el ojo seguía irritado, sólo que ahora presentaba una hinchazón febril que lo hacía lagrimear.
Alarmado por los síntomas, fue al oftalmólogo.

La exhaustiva revisión no arrojó información útil, así que sólo le recetaron gotas y descanso.

Al transcurrir la semana completa, el ojo había cedido al medicamento. Tenía una apariencia ya saludable así que no le dio más importancia y regresó a trabajar.

Estaba llegando a la redacción, cuando de repente un zumbido acompañado de un dolor insoportable le atacó en una periferia de la cabeza. Era un dolor hondo y muy intenso que lo dejó ciego momentáneamente.

Alguien escuchó los bramidos del pobre hombre que se retorcía con la cabeza entre las manos. Lo llevaron al hospital.

Después de unas horas de observación, el médico ordenó hacer una tomografía para descartar tumoración o alguna laceración cerebral.

Cuando los resultados estuvieron en manos del médico, éste no daba crédito a lo que veía. En el cerebro del hombre estaban incubando miles de larvas.

Al analizar con más detenimiento se dio cuenta que el pútrido rastro de aquellos invertebrados iniciaba desde la cavidad lagrimal del ojo izquierdo, formando un viscoso camino con decenas de larvas que se retorcían espasmódicamente haciendo que el infeliz hombre convulsionara.

No había nada qué hacer, estaba invadido, así que sólo vieron al hombre descender en una dolorosa agonía.

 

La Isla de los Sacrificios

Faltaban diez minutos para abordar la lancha y regresar a la playa, Chava decidió bajar de último momento a zambullir en el mar, aprovechando que las aguas estaban calmadas y el clima era favorable.

El hombre que tripulaba la pequeña lancha, había explicado que era una zona muy calmada y que todo iría bien si se seguían las indicaciones, por lo que nadie se alejó más allá de lo permitido.

Chava estaba muy feliz y ocurrente. Jugueteaba en el mar, moviendo los brazos y saltando de arriba hacia abajo. Desde la lancha sus familiares observaban al hombre de 67 años, que se divertía como un niño.

Pero de repente dejó de moverse, y cayó suavemente con la cara hacia el agua. La familia dijo que ya iba a empezar con sus bromas y todos reímos.

La lancha se puso en marcha y sus familiares empezaron a llamarlo, pero Chava permanecía quieto. Sus cabellos se mecían apaciblemente con el oleaje. Alguien gritó que lo ayudaran. Tenía las manos tiesas y parecían hinchadas.

Entre dos hombres bajaron por él y lo subieron a la lancha. Estaba inconsciente y sacaba espuma por la boca.

Estábamos en las cercanías de la Isla de los sacrificios, ubicada en el Golfo de México. A una hora y media de la playa veracruzana. No había nadie que pudiera auxiliarlo. El lanchero trató de darle respiración de boca a boca, pero no podía hacer mucho porque tenía el maxilar apretado. Estuvo 40 minutos golpeando su pecho para tratar de reanimarlo hasta que decidió regresar a la playa en vistas de su propia frustración.

Al llegar empezaron a resonar las sirenas de la ambulancia. Un grupo de paramédicos esperaba a Chava en la playa. Los intentos fueron vanos, el hombre había muerto en el trayecto de regreso a la playa, pero nadie lo dijo. Sólo lo supimos quienes íbamos en esa lancha y vivimos su última hora y media de vida con él.

Los medios tergiversaron toda la información. La gente del lugar no se hizo responsable ante la negligencia que cobró una vida. La familia de Salvador tampoco dijo nada. Y a los demás no nos quedó otra opción que guardar un silencioso luto mientras acordonaban el área del deceso.

 

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